eficiencia energética

Albert Grau, Gerente de la Fundación La Casa que Ahorra

El Gerente de la Fundación La Casa que Ahorra, Albert Grau, nos ofrece su opinión sobre la eficiencia energética de los hogares y las propuestas que La Casa que Ahorra propone para reducir el consumo de energía.

Desde la Fundación La Casa que Ahorra no tenemos ninguna duda de que la mejora de la eficiencia energética de nuestros edificios debe ser una prioridad en las políticas y estrategias europeas y estatales y además estamos convencidos de que debe ser el primer paso de actuación porque, como hemos defendido desde nuestro nacimiento “la mejor energía es la que no se consume”. Y no es algo que sólo lo digamos nosotros, la propia Directiva relativa a la eficiencia energética de los edificios (EPBD) modificada en 2018 mediante la Directiva 2018/844 establecía en su consideración inicial de motivos número 7 la mención al principio “primero, la eficiencia energética” indicando que en un segundo lugar se debería estudiar el despliegue de las energías renovables.

Desde la UE tienen claras las prioridades de actuación en la lucha contra el cambio climático y el papel que deben jugar nuestros edificios (el objetivo es conseguir un 32,5% de ahorro de energía en 2030, meta que en 2023 volverá a ser revisada) y en el texto de la mencionada Directiva 2018/844 consideran que lo primero es que la demanda de calefacción y refrigeración de nuestros edificios no sea responsable del 40% del consumo final de energía de la Unión ni del 26% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Parece lógico que partamos de este planteamiento porque si conseguimos reducir al mínimo la energía demandada después podremos dimensionar y adecuar los equipos de generación renovable.

Empecemos por las ciudades y por sus edificios

El problema de la ineficiencia energética del parque de edificios afecta, por lo general, a todas las regiones y áreas poblaciones, pero no puede obviarse un hecho. Según datos proporcionados por la ONU sobre el crecimiento mundial estimado, se prevé que, en el año 2050, el 67% de la población mundial vivirá en ciudades, es decir, 2 de cada 3 personas residirán en zonas urbanas, incluso un porcentaje nada despreciable, el 14,4%, lo hará en megaciudades (con más de 10 millones de habitantes). En nuestro país la previsión va en la misma línea de forma que en un horizonte más cercano, en 2030, 1 de cada 4 personas vivirá en las áreas metropolitanas de Madrid y Barcelona y el 40% de la población viviría en 15 ciudades de más de 300.000 habitantes. La concentración poblacional es un hecho y con ella la confluencia de una serie de consecuencias; Aumento de la demanda de energía, incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero, agotamiento de recursos, pérdida de resiliencia, etc.

Por todo ello tenemos claro que una de las prioridades para alcanzar los objetivos marcados en la lucha contra el cambio climático y para mejorar la calidad de vida pasa por actuar en las ciudades para hacer de ellas espacios confortables, saludables y seguros. En este esquema juegan un papel primordial dos sectores; la movilidad y la edificación dado el alto impacto que ambos tienen respecto al consumo de energía y a las emisiones de gases de efecto invernadero. Centrándonos en la edificación, debemos tener en cuenta que tiene una característica que lo hace muy particular y que lo sitúa en el primer escalón de prioridades.  Las personas pasamos la mayor parte del tiempo, en torno al 80%, en el interior de edificios y en concreto nuestras viviendas son el lugar donde buscamos protegernos, donde buscamos seguridad, confort y calidad de vida, para nosotros y nuestros seres queridos.

Sin embargo, contamos con un parque de viviendas altamente ineficiente, construido gran parte de él sin el amparo de una normativa y unas exigencias concretas (como proporciona a día de hoy el Código Técnico de la Edificación) que exigiera unas condiciones mínimas de confort, especialmente en términos de eficiencia energética, pero también en otros aspectos como el confort acústico. Además, este parque ha ido sumando años de vida en un contexto sociocultural carente de una adecuada cultura de mantenimiento de la vivienda y de una inexistente demanda de actuaciones en los edificios. El resultado de la ineficiencia, las escasas actuaciones de mejora a lo largo del tiempo y la falta de demanda ciudadana ha provocado consecuencias muy negativas en el ámbito económico (reducida actividad del sector de la rehabilitación), ambiental (los edificios representan una importante cuota de las emisiones de gases de efecto invernadero) y social (los edificios no protegen la salud de las personas y son la causa estructural de situaciones como la pobreza energética).

¿Qué proponemos hacer?

Reformular el sector de la edificación para hacer de nuestras ciudades, edificios y viviendas lugares saludables, seguros y eficientes.

La nueva edificación va a seguir la senda de los edificios de energía casi nula marcada por las directivas europeas, un estándar de referencia que nos encamina hacia economías bajas en carbono y que pretende proporcionar una adecuada protección de la salud y del confort, puesto que fija requisitos muy exigentes. Además, los edificios de energía casi nula serán clave para seguir una estrategia de adaptación al cambio climático que, inevitablemente traerá (y ha traído ya) consigo una mayor frecuencia y virulencia de escenarios extremos de temperatura (olas de calor).

Pero no sólo nos podemos quedar en los edificios que construimos ahora y que construyamos en el futuro. Es necesario afrontar la mejora de los edificios existentes y debemos hacerlo con reformas integrales y a un ritmo muy superior al actual (de 350.000 viviendas rehabilitadas cada año), tal como indican diferentes estudios promovidos por La Casa que Ahorra, generando, además de beneficios ambientales y sociales, una importante actividad económica y un número significativo de puestos de trabajo en un sector especialmente dañado, que hace una década basaba la mayor parte su actividad en la nueva construcción.

Beneficios para la salud derivados de la mejora de nuestros edificios

La mejora de la eficiencia energética de nuestros edificios tendrá impactos positivos en nuestra economía, en el cumplimiento de los compromisos ambientales y en la lucha contra el cambio climático, pero además nos proporcionará beneficios sociales y permitirá garantizar la salud y la protección de las personas a través de su influencia en una serie de aspectos

Por ejemplo, proporcionar un adecuado aislamiento a nuestro edificio proporciona confort térmico evitando que los ocupantes habiten en su propio hogar a una temperatura inadecuada, por ser incapaces de calentar o enfriar sus hogares debido a situaciones de pobreza energética causadas en gran parte debido a la ineficiencia energética del edificio. De este modo, una vivienda bien aislada evitará que las personas vivan a temperaturas excesivamente frías, algo que afecta por ejemplo a la actividad cardiovascular normal o a temperaturas excesivamente altas, condición que puede provocar deshidratación en personas mayores. Por otro lado, un buen aislamiento no sólo proporcionará confort térmico, sino también acústico, evitando sufrir ruidos del exterior, pero también proporcionando mejoras en aspectos intangibles, como la propia intimidad en el hogar.

Por otro lado, una correcta ventilación de la vivienda, incluso con un sistema mecánico, que se combine con un adecuado aislamiento de la envolvente térmica y con una adecuada estanqueidad, permitirán evitar la proliferación de humedades, mohos y podredumbre, reduciendo así la probabilidad de que existan afecciones en el sistema respiratorio colectivos vulnerables, como los niños.

Otro de los aspectos positivos que se derivan de la mejora de un edificio es la seguridad frente al fuego.  Un incendio es un hecho dramático que puede tener consecuencias devastadoras sobre las personas y sus bienes personales, por lo que un hogar correctamente aislado, en el que se haya emprendido una mejora, necesariamente debe velar porque las medidas pasivas implantadas eviten la propagación del fuego, mediante una correcta elección de los materiales utilizados. Un buen aislamiento de la vivienda, además, evitará de forma indirecta la utilización por parte de los ocupantes de sistemas rudimentarios y carentes de ningún tipo de control ni mantenimiento (uso de braseros, estufas, etc.) para calentar sus hogares. Es decir, la reducción de la demanda de energía protegerá también al hogar, al reducir su vulnerabilidad energética y por tanto la necesidad de optar por dichos sistemas que aumentan el riesgo de incendio.

La mejora de un edificio también debe proporcionar la mejora de la accesibilidad. Es más, la mejora de la accesibilidad, que generalmente es demandada por la ciudadanía por el progresivo envejecimiento poblacional, tiene que ser el motor que lleve de la mano las mejoras de la eficiencia energética del edificio, proporcionando así todos los beneficios directos e indirectos que se han mencionado anteriormente.

Finalmente, toda mejora en el edificio que proporcione mejoras en el aislamiento térmico, en la estanqueidad y ventilación mediante nuevos materiales y soluciones constructivas, tienen la capacidad de contribuir también a mejorar la calidad del aire interior. Quizás sea un aspecto menos conocido, a veces imperceptible, pero la elección de materiales y sustancias libres de contaminantes y aspectos como la mejora de la ventilación, son clave para proporciona mejoras en la calidad del aire en el interior del hogar y garantizar la salud de los ocupantes.

Como conclusión, la rehabilitación y la apuesta por la mejora de la eficiencia energética a través de la reducción de la demanda energética, son la mejor solución y la que tiene un mayor impacto (directa e indirectamente) a largo plazo en la salud y en la calidad de vida de las personas.

Qué hacemos desde La Casa que Ahorra

En estos últimos años hemos promovido estudios para poner de relieve la relación entre la eficiencia energética del edificio y nuestra salud, para analizar lo rentable que puede ser la inversión económica que realizamos para rehabilitar nuestra vivienda, para proponer una inmensa batería de ventajas fiscales que se pueden aplicar para fomentar la eficiencia energética o para analizar de qué manera la rehabilitación energética del sector residencial puede ser clave para alcanzar los objetivos ambientales que debemos cumplir como país.

Además, como continuación de dichos informes, recientemente presentamos una herramienta, el pasaporte energético, un programa que tiene como objetivo la financiación de las actuaciones a llevar a cabo en edificios residenciales por fases y durante un plazo mínimo de cuatro años, con el fin de hacerlo accesible al propietario y de hacer realidad la premisa de que “rehabilitar ya no es una opción, es una obligación”.

Todos estos materiales y estudios son utilizados para proporcionar argumentos y herramientas a los decisores políticos, a los técnicos y a la ciudadanía.

Complementado esta labor, también llevamos a cabo una intensa actividad en materia de comunicación y formación, a través de herramientas como las redes sociales, nuestra página web o mediante la participación y colaboración en foros, congresos y jornadas formativas de diferente índole, pero con el mismo objetivo: sensibilizar y concienciar sobre las ventajas de la mejora de la eficiencia energética de los edificios.

Albert Grau, Gerente de la Fundación La Casa que Ahorra.

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